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David Palmada, Pelut: “Nosotros bajamos al infierno y no está tan mal”.

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David Palmada, Pelut, ha dado a conocer en la revista Desnivel un imprescindible testimonio en primera persona del descenso y escalada al gran pozo MTDE, el más profundo de España, que realizó en agosto junto Ernesto Belenguer, Nofre, ambos miembros del grupo de rescate industrial de LA LÍNEA VERTICAL. Como complemento a la entrevista con ambos que publicamos la semana pasada, ofrecemos aquí la narración que Pelut hace del proyecto Black Hole, una hazaña a 575 metros bajo tierra y nueve días de escalada. “Un billete a los infiernos de ida y vuelta”, como destaca la revista.

David Palmada y Emilio Valdes en su Proyecto Black Hole

Hace tres años, suena el teléfono:
– Emilio Valdés: «¡Hombre Pelutiii!, ¿qué pasa compañero?, ¿cómo vas?»
– Pelut: «¡Yeeeee, Emiliooooooo! ¿Cómo quieres que vaya? ¡Encendido y poseído! ¿qué pasa con ese pozaco que has fotografiado? Buua ¡brutal! Se ve una pasada, gigante descomunal y tenebroso, ¡yo quiero escalarloo!»
– Emilio: «Jaja ¡estás chalao! Eso es un pozo liso y lleno de barro, pero suena bien la verdad, jajaja…»
– Pelut: «Calla que eso es el paraíso, un Picu Uriellu a la sombra jajajaja, 436 metros de roca madre, ¿cómo quieres que no este excitado?»
– Emilio: «Bueno, la verdad es que si alguien puede subir por esa guarrería vertical ese eres tú, jajaja…»

Así empezó un sueño…. un proyecto, una obsesión, con una conversación telefónica con mi amigo Emilio Valdés (compañero y cámara de acción de Jesús Calleja), pues hacía muy poquito habían iluminado y fotografiado el pozo vertical más grande de España y uno de los 10 pozos más grandes del planeta, que hacía escasos meses los miembros del club espeleo Abrigu habían descubierto y explorado (bautizado Gran pozo MTDE en agradecimiento por la ayuda prestada por la empresa de material espeolológico MTDE). Un descubrimiento brutal, una joya de la naturaleza y encima en nuestro país, sin tenernos que mover de casita, eso es lo mejor de todo…

Un pozo vertical con una profundidad equivalente a la altura de las desaparecidas Torres Gemelas de Nueva York nos estaba esperando ahí abajo para darnos una dosis de aventura, adrenalina y motivación por enfrentarnos a algo nuevo, algo diferente y fuera de nuestra zona de confort, intentar escalar todo el pozo en unas condiciones duras y muy diferentes a lo que estamos acostumbrados. Aquí es donde reside el encanto de experimentar nuevos retos, de ponerte a prueba tú mismo, porque al final si nos paramos a pensar, esto realmente no es una escalada de placer, esto es bajar a las entrañas del infierno para intentar encontrar algo de amable en él, pero de esto se trata, de enfrentarte a tus dudas, a tus miedos… Escalar grandes paredes, artificial extremo, escaladas non-stop, todo eso son cosas que controlamos bastante y, no es que no sea interesante, pero es como jugar en casa, pierde un poco de emoción porque sabes cómo transcurre todo y qué tienes que hacer para solucionar los eventuales problemas que van saliendo en estas movidas, pero en cambio en el Black Hole, todo es nuevo. Un montón de dudas me destrozan la cabeza por las noches atormentándome y no dejándome descansar plácidamente… Uff, tantos días en la más pura oscuridad, descender 500 metros bajo el suelo solo con mi compañero… En caso de que ocurra algo, uno de los dos se tiene que quedar solo hasta que el otro consiga salir y pedir ayuda, frío, humedad y un largo etcétera de dudas y cuestiones que son las que encienden la llama de las ganas de enfrentarnos a tal reto.

La raíz del proyecto

Dejadme rebobinar y explicaros cómo empezó todo el proyecto Black Hole. Hace muchísimos años que practico la espeleología, de hecho de ella aprendí muchísimas maniobras que me han estado acompañando todos estos años en la vertical; de ahí siempre lo que más me motivaba era pensar que, si alguna vez se me rompiera una cuerda, si sería capaz de subir escalando para salir del fondo del pozo-cueva en el que estuviese metido. Esa era una de las cosas en las que más me fijaba a la hora de bajar a un agujero, y siempre terminaba con la misma conclusión: esto es un paredón, pero a la sombra, no entiendo por qué la gente no las escala. Así empezó mi obsesión y tozudez por querer escalar zonas bajo tierra. De hecho alguna que otra ya escalamos, pero a un nivel muy distinto al Black Hole.

Y por fin después de muchísimos años de espera llegó el regalo, ahora sí que había llegado el momento de cumplir ese sueño, así que después de ver las fotos que me mandó Emilio, solo quedaba empezar a dar forma al proyecto. Pero, claro, el tema no es tan sencillo; primero hay que bajar al pozo y ver si hay línea natural por donde subir o si realmente es una pared completamente lisa y erosionada por la incesante cantidad de agua que baja por ella. Así que rápidamente empiezo a hablar con gente del mundillo subterráneo, pero nadie tiene tiempo, todos me contestan que requiere de una logística e infraestructura muy grandes para poder picar fondo, algunos se motivan, otros sí pero luego no… Hasta que por fin di con la fórmula mágica, la tenía delante de mí y no se me había ocurrido.

En una de nuestras noches de guardia en el grupo de rescate de LA LÍNEA VERTICAL del cual formo parte, le comento a mi compañero de equipo Ernesto que molaría muchísimo bajar al pozo más grande de España. Así sin más, ya que Ernesto, aparte de ser un grandioso profesional en el mundo vertical, es un gran espeologo-barranquista- escalador. Automáticamente se motiva, le cambia la cara: «¡Claro tío, vamos fijo!». En ese momento me di cuenta que había llegado la hora de contarle la magnitud del proyecto: «Ernesto escúchame bien, la idea de ir a bajar el MTDE no es otra que ver si sería posible después intentar subir escalando por él». Allí ya fue el momento de mayor éxtasis: «¡Síí, síí, ya puedes contar conmigo, voy fijo!». Le digo que pienso que la movida nos puede costar unas dos semanas y de 6 a 10 días dentro… «No hay problema, cuadramos las vacaciones y le damos duro», con una respuesta así de clara y contundente de Ernesto, ya solo faltaba ir puliendo detalles. También os diré que la idea principal del proyecto era la de bajar al fondo del pozo retirando las cuerdas y dejando solo así la posibilidad de salir escalando, pero finalmente cuando fuimos conscientes de la envergadura del reto descartamos esa opción considerada por nuestros otros compañeros de suicida.

 

Entrando a la ratonera en diciembre 2019…

Así que después de mover muchos hilos y muchos mensajes, ya teníamos fecha para ir a visitar el pozo, que por cierto tiene una ubicación secreta guardada «a cal y canto» por sus descubridores y que nosotros tampoco vamos a desvelar.

Aquí entra en acción mi otro gran colega de movidas locas y absurdas en el mundo espeleológico, que no es otro que Kike, el gerente de la empresa de turismo activo Nor3 (situada en pleno epicentro de Ramales de la Victoria), y quien, además de darnos cobijo, nos proporciona un campo base donde establecernos. Él se encarga de buscar a otros dos fanáticos madrileños del mundo subterráneo para ir a visitar el pozo y así poder acarrear todo el material necesario.

La genial idea de ir en diciembre ya nos enseña su primer lado no amable, pues tenemos que hacer el primer porteo de material lloviendo a mares y con mucho frío… Empezamos bien nuestra toma de contacto con el Black Hole. Las tonterías se nos pasan rápido cuando por fin nos encontramos cara a cara con la entrada a nuestra ratonera, un pequeñito y angosto pasadizo encharcado y con un barro negro como el carbón, que en un minuto nos enseña que la movida no va a ser nada fácil, pues la entrada es muy estrecha y de difícil maniobra con todo nuestro pesado equipo.

Suspendidos en mitad del Averno, con retirada

La excitación es máxima, sobre todo por todos los componentes del equipo que tienen muchísima ilusión por bajar el pozo. Yo estoy más relajado ya que mi objetivo es el de ver si hay línea o no con mis propios ojos, así que vamos descendiendo despacio y vemos que hay muchísima agua que baja por todas partes, incluso pasamos por debajo de una pequeña cascada que nos deja empapados. El frío y la humedad van calando hondo, después de varias horas por fin nos encontramos suspendidos en el increíble vacío de los 436 metros de pozo, uff, la sensación de acojone es total. Estamos colgados en una pared vertical completamente de un «parabolito» de 8 mm oxidado a tope (y eso que solo tiene 4 años, pero la salinidad y humedad en el ambiente son brutales).

Hemos gestionado muy mal el tema, vamos un poco descontrolados, parados en mitad del averno, el frío nos está haciendo tiritar a tope, la sangre ya no fluye tan alegre por nuestras piernas, ya que cada vez las perneras del arnés aprietan más. Los dos colegas que están en cabeza empiezan a tener problemas con las cuerdas y los anclajes, el frío ya es insoportable. Calculamos que estamos a unos 80 metros de fondo, muy a nuestro pesar optamos por abortar misión y salir rápido para arriba, pues la jumareada que nos espera es de órdago. Todos a una votamos que sí y empieza la retirada.

Nos vamos sin haber podido estar en el fondo del pozo; tengo que reconocer que por mis colegas me supo muy mal, pero para mí personalmente me motivaba mucho más así, no saber qué me encontraría ahí abajo. Lo que tampoco sabía es que no nos habíamos quedado a 80 metros del fondo, sino que estábamos a 200 metros todavía; realmente brutal, pero lo más importante de todo es que esa línea imaginaria y soñada estaba ahí, delante nuestro, mirase por donde mirase había fisuras, rayas, agujeros… Eso sí, sucios, húmedos y en un barrizal que ni en el campeonato del mundo de motocross había visto tanto barro junto, pero cuando la motivación puede más que la realidad a todo le buscas una excusa para no venirte abajo.

David Palmada y Emilio Valdes en su Proyecto Black Hole

Preparando el segundo round

Los meses van transcurriendo y cada vez estamos más cerca del día soñado, en este periodo de tiempo vamos gestionando todos los supuestos que nos vamos a ir encontrando ahí abajo. Por ejemplo el tema luz, uno de los más importantes, pues si en algo no podemos fallar es en esto, si nos quedamos sin luz estaríamos completamente atrapados solos a la merced de que nuestros compañeros del grupo de rescate de LA LÍNEA VERTICAL vinieran a por nosotros y eso no nos hacía especial ilusión. Si algo teníamos claro era que queríamos ser completamente autónomos, no depender de nada y de nadie para solucionar todo lo que nos pudiera ocurrir, y aquí es donde agradezco que nuestros compañeros de rescate estuviesen las 24 horas del día atentos por “lo que pueda pasar”. Si el día que decidiéramos salir no hubiésemos salido, ellos son los que hubieran puesto en marcha el operativo de rescate sin molestar a nadie más que a ellos mismos y como decimos entre nosotros. También éramos conscientes que, si habíamos calculado unos 10 días dentro del agujero y nos ocurría algo el primer día, tendríamos que esperar muchísimo al rescate. Aquí es cuando valoramos la posibilidad de ir 3 o 4 personas, pues incluso a la hora de bajar todo el material y de subirlo podríamos hacer equipos de 2 y todo sería un poquito más relajado.

Montaña y empresa

Se plantearon entonces unirse Enrique Osiel (jefe de mi equipo de rescate) y David Aragón más conocido en el mundillo como “Pitu”; y la verdad que con esa perspectiva respiré mucho más tranquilo, pero como siempre en la vida surgen imprevistos familiares, compromisos, etc, así que la ilusión de poder estar los cuatro juntos durante toda la vía no duró mucho. Enrique y Pitu nos echaron una mano con todos los porteos, a los que también se sumó mi gran amigo Javier Balaga «el maño», compañero ya también en otras movidas, quien no dudó ni un segundo en sacrificar días de sus vacaciones familiares para echar una mano, y os puedo asegurar que en una movida de esta índole cualquier ayudita es de agradecer eternamente.

David Palmada y Emilio Valdes en su Proyecto Black Hole

Festival subterráneo en marcha

Con toda la estrategia y clara y los roles de cada uno bien establecidos, llega el día designado para poner todo el operativo Black hole en marcha. Agosto 2020, Ramales de la Victoria, campo base Nor3: que empiece el festival. La lluvia y el orbayu nos acompañan en los primeros porteos, mojados y con frío cumplimos el objetivo de empezar a equipar el pozo y bajar material. Según los cálculos que hice, íbamos a necesitar montar unos tres campos de hamacas. La idea era descender todo el material al fondo y de ahí para arriba, pero un día después de los primeros porteos, ya relajaditos en el bar echando unos “refresquillos”, Enrique comentó que no valía la pena bajar todo hasta el fondo, que podíamos montar el primer campo a unos 150 metros del fondo y todo eso ya nos lo ahorrábamos tanto de bajada como de subida, y la verdad que fue una brillante idea, porque así solo teníamos que bajar al fondo el equipo para escalar pudiendo ir mas rápidos y ligeros. A veces hay que dejarse llevar por el espíritu de los refrescos, pues te abren la mente…

Los días pasan rápido y el cansancio ya se va notando, pues tanto el portear como el entrar al pozo para ir bajando material nos está desgastando mucho. Tanto Ernesto como yo llegamos sin un solo día de descanso, directos después de varios meses currando muy duro, así que nos tomamos un día de descanso antes de entrar definitivamente en el boquete de la muerte.

Esa última noche me preparo psicológicamente para programar mi cerebro y mi cuerpo como una máquina, una máquina que no puede fallar, sobre todo en la parte mental, que será sin lugar a dudas la más dura, porque vendrán dudas, vendrán miedos, y es en este punto donde no se puede fallar.

Proyecto Black Hole de Pelut y Nofre

Llego el día “X”. La estrategia es muy clara, vamos a entrar los cuatro, Ernesto, Pitu, Enrique y yo, vamos a bajar hasta montar el primer campo de hamacas a unos 150 metros del fondo, allí pasaremos la primera noche los cuatro y al día siguiente Pitu y Enrique se irán, dejándonos completamente solos hasta terminar la movida (el trabajo y la vida familiar son muy duras). Enrique y Pitu proponen que, antes de marcharse, yo escalara un largo para poder tomar alguna foto y video “guays”, ya que lo que nos esperaba a la hora de inmortalizar la movida sería un infierno, pues no veas lo difícil que es hacer una buena foto o un buen plano en ese agujero diabólico… Así pues, creo que es la primera vez que empiezo a abrir una vía por la mitad, jajajaja, así que esa frase de empezar la casa por el tejado aquí es cierta.

El día fue largo y muy duro pues la gran carga que llevábamos y el montaje del primer campo nos llevó más tiempo del calculado, así que nos levantamos tarde, pero daba igual, todo seguía en plena oscuridad y siempre la típica bromita y comentario de “oye, ¿aquí cuando sale el sol?” o la dichosa frasecita de Ernesto de «tío, te están llamando».

David Palmada y Emilio Valdes en su Proyecto Black Hole

Clavando en el barro

Entre risas empiezo a escalar, estoy cansado y nervioso, tengo una sensación muy rara, fuera de control, todo está mojado, todo está lleno de barro, el martillo me resbala… Enrique se coloca encima de mí grabándolo todo; hay un silencio aterrador que me incomoda en cada movimiento que hago, tengo la sensación que en cualquier momento voy a salir disparado, pues la colocación de seguros nos es fácil. Tengo que encontrarle el feeling, las fisuras son buenas pero la gran cantidad de barro en ellas hace que cueste mucho acertar la medida del clavo correcto y ya no os quiero contar con los friends, crees que va a ir un Totem amarillo y acabas colocando el naranja, bufff… Intento respirar y relajarme, es más intento disfrutar y no lo estoy consiguiendo; intento transmitir seguridad y buen rollo, pero Enrique me está viendo sufrir, el silencio sigue siendo aterrador, pero poco a poco he ido ganando metros, y eso quiere decir que han pasado las horas, esas pocas horas que nos quedaban antes de que Enrique y Pitu se largara. Llegó el momento, se van… Ese fue uno de los momentos más duros, ver cómo mis dos colegas nos abrazan, nos desean suerte y Enrique me dice: «Pelut, cabeza y no arriesgues más de lo necesario”, esas palabras las tuve muy presentes durante toda la escalada, pues todos sabíamos el compromiso de una caída o un accidente allí adentro.

Poco a poco las dos lucecitas de los frontales de Enrique y Pitu ya no se ven y el silencio y la oscuridad se vuelve a apoderar de todo. Ahora sí, ahora estamos completamente solos, bienvenidos al Black Hole project. Esa misma noche, después de abrir los dos primeros largos y un poquito mas relajados en nuestra hamaca, Ernesto y yo hacemos un pacto, que no es otro de dejarnos muy claro el uno al otro que si alguno de los dos nos ocurriese algo, después de hacer todo lo que estuviese en nuestras manos por el otro, saldríamos a pedir ayuda con todas las consecuencias que ello pudiera acarrear. Esa sería la única opción de salvar el culo en caso de accidente, aunque parezca una tontería, el saber que los dos estamos asumiendo el riesgo y el compromiso de lo que conlleva una movida así, y que los dos estamos de acuerdo, nos ayuda a relajar nuestra conciencia…

Tocando fondo…

Así que por fin llegó el momento de tocar fondo y empezar el primer largo, pues aun no habíamos estado abajo. 150 metros nos separaban del fondo del pozo, era domingo y tenía una buena noticia. Aprovechando que el pozo estaba fijado, dos amigos vascos vendrían a vernos, a traernos un poquito más de agua y picar fondo al mismo tiempo que nosotros. Nunca dudéis de la palabra de un vasco, tal y como nos dijeron, sobre las 10 ya vemos unas lucecitas que asoman 400 metros por encima de nuestras cabezas; sensación de alegría, de felicidad, recuerdos de esos que molan…

Nos juntamos todos rápidamente y termino de instalar los 100 metros de cuerda que faltaban por llegar al top… ¡Yaaaas, ahora sí que estoy en el fondo del gran pozo MTDE! Sensación brutal, un fondo de pozo precioso, en cero coma estamos todos abajo reunidos, celebrando no sé exactamente el qué, pero abrazados y felices. Primer momento álgido: los vascos sacan un pedazo queso que se te va la olla: segundo momento álgido: los vascos sacan 4 birras, increíble, ese trago de cerveza ahí abajo es bastante indescriptible… Gracias titanes. Pero lo bueno siempre dura poco, miramos para arriba y los vascos ya no están… ¿Habrá sido un sueño? no, porque se han dejado un trocito de queso y un cerveza… Eso nos dice que ha sido real y os puedo asegurar que nunca nos tocará la primitiva, pero sí un destino caprichoso, un destino que hizo de un momento de gloria a un momento para olvidar…

¿Os podéis creer que en la inmensidad del fondo del pozo hay una latita de cerveza, cae una diminuta piedrecilla de vete tú a saber dónde y le tiene que dar a nuestra cerveza reventando la lata? ¡Noooo puede ser! Jajajaja… En fin, si el destino eligió la lata en lugar de nuestras cabezas por algo será, gracias destino.

La rutina en total oscuridad

A partir de ese momento Ernesto y yo entramos en nuestra rutina diaria, que no es otra que intentar mantener un horario más o menos razonable para no volvernos locos y escalar todos los metros que podamos. Las condiciones son muy duras, la humedad cala hondo y el barro va castigando nuestras manos produciéndonos cortes por todos los lados que hace que el dolor sea intenso todo el día. El único momento entre comillas de relax es el de llegar a la hamaca después de finalizar la jornada “laboral”. Todo está lleno de barro, nos descalzamos y metemos todo en bolsas de basura. Mientras cocinamos llenamos la hamaca de velas que hacen subir un poco la temperatura llegando a secar nuestra ropa. El problema es que el barro una vez seco se convierte en un polvillo finísimo que conforme nos vamos moviendo dentro de la hamaca se levanta y no nos deja respirar; al final nos hacía hasta gracia, así que a eso le llamamos «momento polvo”.

Poco a poco vamos sintiéndonos cómodos en nuestro a agujero, respirando cada vez más tranquilos. Yo he encontrado la fórmula, todo el tiempo con la música de mi móvil en marcha, da igual que suene, lo importantes es que suene algo que rompa el silencio, eso me relaja, eso y tocar la harmónica en las reuniones, no tengo ni idea, pero suena que flipas; un rebote del sonido flipante, al final creo que conseguía relajar a Ernesto y todo, jajaja.

Otra cosa os voy a confesar, la tranquilidad que me dio Ernesto en toda la escalada fue brutal, pues no hubo ni un solo día de quejas, de lloros de miedos, al contrario, positivismo y motivación total y eso es lo máximo en un lugar así.

Amenaza de inundación

El único momento que el miedo se apodero realmente de nosotros fue un día que estando en la hamaca charlando tranquilamente, empezamos a escuchar algo que cada vez sonaba más fuerte…
– Uummm, ¿no oyes tío? Suena algo…
– Sí, parece agua…
– ¡¿Agua?! No jodas…

Y efectivamente, empezó a sonar un río por debajo de nosotros con sonido de piedras en movimiento. En ese momento nos cagamos vivos. «Esto no se inundará, ¿no?». «Ostia no
creo, como mucho que se mueva alguna piedra y se tape la entrada al pozo…». Buaaa, momentos de incertidumbre y rallada máxima, cada vez sonaba más fuerte y la verdad es que fuera había tormentas típicas de verano de muchísima agua, pero en un pequeño periodo de tiempo, así que solo teníamos que tener paciencia y que poco a poco todo volviera a la normalidad, pero reconozco que pasamos 4 horas tensos como cables. Nos costó dormirnos, cuando estás tan cansado al final dices “que sea lo que dios quiera, mañana será mejor», y así fue, al despertar todo había vuelto a la normalidad.

La escalada estaba yendo a buen ritmo largos de artificial bastante buenos y de un grado controlado que nos dejaban avanzar rápido, hasta que algún largo la cosita se ponía tensa e interesante… Pelotazo de barro por aquí, pelotazo de barro por allá, ahí estaba Ernesto aguantando en la reunión todo lo que a mí se me caía y no podía desviar hacia fuera. Eso era lo peor, ya que la línea sube muy recta y casi siempre tienes al compañero debajo, eso es lo que más me preocupaba a la hora de tocar según qué tipo de estructuras.

Los metros iban pasando y con ellos llegó el primer cambio de campo, el pozo desploma un poquito, lo que nos facilitaba las grandes remontadas de petates, incluso subimos la hamaca montada, pues os puedo asegurar que ahí adentro no sopla pizca de aire. Algo bueno tienen que tener el pozo ¿no?

Cada metro que escalaba me hacía estar más tranquilo y feliz, pues pensaba ya estamos un metrillo más cerca de la salida y en esos momentos me acordaba de las tantas veces que soñé cómo seria salir escalando de un agujero como este. Ahora os lo puedo decir: ¡Eterno, se hace eternooo!

David Palmada y Emilio Valdes en su Proyecto Black Hole

En el tercer campo

Pero como todo en esta vida todo llega a su fin y, como el que no quiere la cosa, sin darnos cuenta nos encontramos en nuestro tercer campo, una repisilla rollo micro apartamento de verano en pleno pozo, un agujerito que caben 6 0 7 personas que nos indica que ya estamos solo a 50 metros de terminar nuestra vía. Una repisa que para nosotros es como el Hilton, pues todo el pozo es completamente colgado, llevábamos soñando con estar en ese punto desde el primer día que empezamos, porque es aquí cuando ya empiezas a estar entre comillas salvado. Y si lo pienso ahora, os puedo asegurar que el pozo acojona, y mucho… Lo bonito es poder haber disfrutado de él y de la magia que allí dentro reside, así que en dos largos más nos encontramos en el caos de bloques justo en la vertical de 436 metros, felices con una sensación difícil de explicar, porque sí, nuestro objetivo estaba cumplido, pero seguíamos bajo tierra con 300 kilos de material. Y eso sería la parte más dura y destructiva de toda la movida, volver a la superficie terrestre con todo nuestro material tanto mecánico como orgánico, pues normalmente cuando escalas si tienes que orinar lo haces fuera, pero aquí nos llevamos todos nuestros meos, nuestras cagadas y todo absolutamente todo, y claro eso hace que entres cargado y salgas cargado igual, lo importante es el respeto por el medio en el que estás y respetar las normas que te has marcado.

Renaciendo del barro

Resumiendo, la salida a la civilización, una locura de acarrear, arrastrar, insultar llorar, reír y volver a llorar, maldecir y la típica frase de qué coño hago yo aquí una y otra vez, hace que por fin llegue ese momento deseado, ese momento de sacar la cabecita por el agujero de entrada y ver la luz. Ese momento que estás soñando de «me voy a despelotar todo y me voy a revolcar en esa hierba tan brutal que hay en la entrada porque la peste que echo es descomunal»… ¿Os gusta la idea? Pues nada de eso, no me lo podía creer, asomo la cabecita y ¿qué veo? Niebla, agua, orbayu… jajajajaja, la madre que me parió, así entramos y así tendremos que salir. Nuestro gozo en un pozo, pero por fin al anochecer nos encontramos en el punto de inicio con Ernesto, solos, mojados pero con una felicidad interior muy difícil de describir, una felicidad no por el objetivo cumplido, que eso vendría después, sino una felicidad por el hecho de haber sido capaces de gestionar nuestros miedos y nuestras dudas, y una felicidad por no tener que haber activado el protocolo de emergencia.

Y felicidad simplemente por estar vivos y llevar a cabo proyectos absurdos como estos que lo único que hacen es avivar un poquito más la llama de las ganas de vivir que todos llevamos dentro, porque sin estas aventuras, sin estas experiencias la vida no tiene sentido, al menos para nosotros. Simplemente agradecer a todos los que formáis parte de nuestro día a día, los que estáis físicamente, los que estáis mentalmente y los que siempre estáis. La lista es muy larga, todos y cada uno de vosotros que estáis leyendo esto sabéis de sobra quiéne sois y lo especiales que sois para mí, gracias a los amigos del club Abrigu por ese descubrimiento y gracias al Black Hole por enseñarme una parte de mí que no conocía, una parte que sin duda me hecho más fuerte, y ahora os puedo decir que “Nosotros bajamos al infierno” y no está tan mal.

Leer el original: https://www.desnivel.com/mas-actividades/artificial/pelut-y-ernesto-belenguer-abren-black-hole-475-m-y-a4-bajo-tierra/